Análisis basado en Bajo la superficie de las cosas, Wade Davis (Editorial Crítica, 2024)
Habíamos quedado en que Estados Unidos era el país de las oportunidades. El de las casas con jardín, el de las universidades donde iban los hijos de los presidentes, el de las series donde los problemas se resolvían en cuarenta y cinco minutos con un abrazo y una lección aprendida. Habíamos quedado en que allá las cosas funcionaban.
Y entonces llegó la pandemia y vimos las noticias: camiones refrigerados haciendo de morgues en Nueva York, gente haciéndose selfis con las cajitas de oxígeno de sus familiares moribundos, un presidente sugiriendo que tal vez inyectarse desinfectante no era la peor idea del mundo. Luego vinieron las protestas, los disturbios en el Capitolio, las redadas del ICE separando familias, y esa sensación creciente de que algo huele mal en la tierra de la libertad.
Desde Colombia, con nuestros propios líos (que no son pocos), la tentación es ver el desmadre gringo con esa mezcla de morbo y alivio que produce el mal ajeno. “Ah, ¿ven que no somos los únicos?” Pero Wade Davis, el antropólogo y explorador canadiense que pasó décadas documentando culturas indígenas en el Amazonas antes de convertirse en explorador residente de National Geographic, nos invita en su ensayo “Esto es Estados Unidos” (incluido en su libro de 2024 Bajo la superficie de las cosas) a mirar más allá del morbo. Mucho más allá.
Davis, que conoce Colombia como pocos extranjeros (ha escrito sobre el país, sobre la coca, sobre el Chocó, sobre la sabiduría de nuestros pueblos indígenas), nos propone un ejercicio que debería resultarnos familiar: excavar. Ir bajo la superficie. Porque lo que está pasando en Estados Unidos hoy no empezó con Trump, ni con Biden, ni con las redes sociales. Empezó, literalmente, hace cuatro siglos. Y si no entendemos eso, estamos condenados a ver las noticias con la misma perplejidad con la que miramos un partido de fútbol americano cuyo reglamento desconocemos.
El pasado no es otro país
Davis abre el capítulo construyendo una imagen que retrata a él paseando con unos amigos por el National Mall de Washington, conversando y deteniéndose ante la piedra convertida en monumentos para honrar a Lincoln, a Jefferson, a los caídos en Vietnam. La escena tiene un aire casi turístico, una cierta nostalgia de domingo por la tarde, como si estuviéramos ante una postal impecable. Pero es una trampa. La seducción que provocan la solemnidad de las inscripciones grabadas en la piedra” todos los hombres son creados iguales”, “tiemblo por mi país cuando reflexiono que Dios es justo”, se deja envolver por la grandeza del relato oficial. Y justo en ese momento, cuando el pecho se hincha de admiración, Davis da la vuelta a la piedra y muestra lo que hay debajo.
Lo que vemos hoy, la polarización, la violencia racial, el colapso institucional, no es una enfermedad repentina. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado desde el principio.
Wade Davis — “Esto es Estados Unidos”
Lo primero que hace en su ensayo es desmontar el mito más cómodo: que los problemas actuales de Estados Unidos son una anomalía, una desviación temporal del camino virtuoso, un tropiezo del que el país se levantará pronto para volver a ser “América”. Falso. Lo que vemos hoy: la polarización, la violencia racial, el colapso institucional, la desconfianza, no es una enfermedad repentina. Es el sistema funcionando exactamente como fue diseñado desde el principio.
El dato que inhabilita el “sueño americano”
Pongamos un ejemplo que duele. Cuando vemos las imágenes del ICE, ese cuerpo de inmigración que bajo la segunda presidencia de Trump ha intensificado redadas, deportaciones aceleradas y separación de familias, la reacción inmediata es pensar en un gobierno particularmente cruel, en políticos sin escrúpulos, en una época especialmente oscura. Pero Davis nos obliga a ampliar el zoom. El ICE no es un invento de Trump. Es la manifestación contemporánea de una función estatal que existe desde la fundación del país: el control y la expulsión de aquellos considerados “foráneos” o “no asimilables”.
La línea directa del control y la exclusión
1830s Leyes de limpieza étnica impulsadas por Andrew Jackson. Cinco naciones indígenas desarraigadas de sus territorios: el Valle de las Lágrimas.
1882 Ley de Exclusión China. Primera vez que se prohíbe la inmigración por motivos de raza.
1930s Deportaciones masivas de mexicanos y mexicoamericanos, eufemísticamente llamadas “repatriación”.
1980s Intensificación de la “guerra contra las drogas”. Criminalización desproporcionada de comunidades negras y latinas.
2003 Creación del ICE. No un invento, sino una herramienta burocrática endurecida a lo largo de más de un siglo.
Davis nos permite, a partir de las ideas desarrolladas en su ensayo, trazar una línea directa que conecta distintos momentos de la historia estadounidense: las leyes de limpieza étnica impulsadas por Andrew Jackson en la década de 1830, que desarraigaron a cinco naciones indígenas de sus territorios originales en el proceso conocido como el Valle de las Lágrimas; la Ley de Exclusión China de 1882, que prohibió por primera vez la inmigración por motivos de raza; las deportaciones masivas de mexicanos y mexicoamericanos en los años treinta, eufemísticamente llamadas “repatriación”; y finalmente, la creación del ICE en 2003. La entidad no es un invento, sino una herramienta burocrática endurecida a lo largo de más de un siglo.
Llegados a este punto, Davis suelta una bomba que merece ser citada con todas sus mayúsculas:
El dato devastador…
Más presos que titulados
La “guerra contra las drogas” es posiblemente “la mayor locura en la historia de la política pública”, y ha dejado a Estados Unidos como “el único país desarrollado en el que hay más ciudadanos con antecedentes penales que con títulos universitarios”.
Piénselo dos veces. No es una metáfora. Es un dato. En la nación que inventó el sueño americano, que construyó el sistema de universidades más prestigioso del mundo, que prometió movilidad social a través del esfuerzo individual, hay más personas marcadas de por vida por el sistema penal que personas con un diploma universitario.
Davis no suelta este número al azar. Lo inserta como el eslabón final de una cadena histórica que el lector ya ha recorrido a lo largo del capítulo, y ese encadenamiento es lo que le da su fuerza devastadora. La lógica del argumento funciona así: si la esclavitud fue el mecanismo original de control y explotación de la población negra, y si la reconstrucción posterior a la Guerra Civil fue desmantelada para reinstaurar ese control bajo otras formas (los códigos negros, el trabajo en prisión, la servidumbre por deudas), entonces la encarcelación masiva del siglo XX no es una aberración política sino la última versión de un patrón estructural que nunca fue interrumpido de raíz.
Davis conecta explícitamente en el texto el trabajo forzado de presos del siglo XIX con empresas que pagaban al Estado por mano de obra cautiva, señalando que hombres eran condenados por “crímenes inventados” como la vagancia para ser luego arrendados a las mismas plantaciones que los habían esclavizado. La “guerra contra las drogas” criminalizó comportamientos prevalentes en comunidades negras y latinas con penas desproporcionadas respecto a conductas equivalentes en comunidades blancas (el caso más documentado es la diferencia histórica en las penas por cocaína en polvo versus crack), produciendo una explosión carcelaria sin parangón en ninguna democracia del mundo.
Las consecuencias sociales de este dato son las que alimentan directamente la tensión que se vive hoy. Un antecedente penal en Estados Unidos no es solo un registro legal: es una marca que limita el acceso al empleo, a la vivienda pública, a préstamos estudiantiles, al voto en muchos estados, y a toda una serie de beneficios sociales. Es, en la práctica, una segunda condena que se cumple de por vida fuera de la prisión.
La fractura que explota en las calles
Y esa fractura es precisamente la que vemos. El movimiento Black Lives Matter, la indignación por las muertes de George Floyd, Breonna Taylor y decenas de otros, la disputa sobre la reforma policial: todos estos fenómenos son incomprensibles sin entender que millones de ciudadanos viven bajo un régimen de vigilancia, criminalización y exclusión que tiene raíces históricas directas en los mecanismos de control racial que Davis traza desde 1619, cuando llegaron los primeros esclavos a Virginia.
Una sociedad que invierte más en encerrar a su población que en educarla no está cometiendo un error de política pública. Está revelando sus prioridades reales.
Wade Davis — “Esto es Estados Unidos”
Davis no lo dice con panfletismo sino con la precisión del etnógrafo: una sociedad que invierte más en encerrar a su población que en educarla no está cometiendo un error de política pública. Está revelando sus prioridades reales. Y esas prioridades, sugiere el ensayo, son coherentes con cuatro siglos de historia, aunque contradicen frontalmente cada palabra inscrita en el mármol blanco del Memorial a Jefferson.
Para un colombiano, este diagnóstico resuena con ecos propios. También nosotros tenemos una historia de exclusión, de violencia estructural, de regiones abandonadas por el Estado. Pero hay una diferencia crucial que Davis señala sin decirlo explícitamente: Estados Unidos construyó su identidad global sobre la negación sistemática de estas contradicciones. Nos vendieron la imagen de una sociedad pos-racial, de un crisol de culturas, de una tierra de oportunidades donde el único límite era el esfuerzo personal. Y de repente, la máscara se cayó.
La pandemia como radiografía
Aquí entra el otro elemento clave del análisis de Davis: la pandemia de COVID-19 no causó los problemas de Estados Unidos, pero actuó como una radiografía sin maquillaje. Mostró, con una crudeza que ya no se pudo ignorar, las fracturas preexistentes.
Davis contrasta la gestión de la crisis sanitaria en EE. UU. con la de otros países, interpretando el alto número de muertos y el colapso institucional no como un fallo técnico, sino como un síntoma de una sociedad fracturada. El individualismo exacerbado y la desconfianza en las instituciones (incluyendo la ciencia) tuvieron consecuencias letales. Mientras otros países desarrollados coordinaban respuestas nacionales, Estados Unidos vivió una guerra de todos contra todos: estados compitiendo por ventiladores, personas armadas protestando contra el uso de mascarillas, una población dividida no solo políticamente sino epidemiológicamente.
Para un observador colombiano, acostumbrado a la desconfianza institucional y al sálvese quien pueda, la escena resulta familiar. Pero hay un matiz: nosotros nunca creímos que éramos un modelo para el mundo. La crisis existencial estadounidense es más profunda precisamente porque choca con un relato de grandeza y excepcionalismo que durante décadas se exportó globalmente a través de Hollywood, las universidades y la política exterior.
El ICE como espejo de lo que Estados Unidos elige ser
Davis, desde su mirada de antropólogo que ha dedicado la vida a comprender la diversidad cultural, ve en esto la máxima hipocresía: una nación edificada sobre el desplazamiento de pueblos nativos, sostenida por la mano de obra esclava y construida por generaciones de migrantes, levanta hoy un aparato monumental para negar esa misma historia y cerrar la puerta a quienes buscan lo mismo que buscaron sus antepasados: una oportunidad.
Desde la perspectiva de Davis, el papel del ICE bajo la segunda presidencia de Trump no es un tema más de política migratoria, sino un espejo que refleja la elección más profunda de la nación: si quiere ser una sociedad abierta, diversa y basada en principios humanitarios, o una fortaleza etnonacionalista definida por el miedo y la exclusión.
El ICE se convierte en el guardián no solo de las fronteras físicas, sino de las fronteras de la identidad. Y al examinar cómo trata a los “extraños” que llegan a sus puertas, Davis señala la verdad incómoda que yace bajo la superficie: que la “locura” del sistema penitenciario tiene su gemela en la “locura” de un sistema migratorio que, en nombre de la ley, perpetúa el sufrimiento y la desigualdad.
Para un colombiano que observa desde aquí, esta realidad tiene un nombre y un rostro. Muchos conocen a alguien, un primo, un amigo, un vecino, que emigró buscando el sueño americano y se topó con la pesadilla burocrática. Pero Davis nos invita a ir más allá de la anécdota personal y ver el sistema en su conjunto: millones de vidas atrapadas en un limbo legal, familias enteras viviendo con el miedo constante a una redada, comunidades enteras paralizadas por la amenaza de la deportación.
Una sociedad que ha perdido el alma
Estados Unidos no está en crisis: está siendo, por fin, lo que siempre fue.
KapitalPaper - síntesis del argumento de Davis
La grandeza de una nación no se mide por su capacidad de castigo, sino por su capacidad de inclusión. Una nación que gasta más en mantener gente enjaulada que en educarla no tiene un problema de presupuesto: tiene un problema de alma. Un país que no puede integrar a sus propios ciudadanos ni educar a sus hijos, pero que puede llenar celdas de prisiones a una escala sin precedentes, ha roto el contrato más básico de su democracia. Estados Unidos no está en crisis: está siendo, por fin, lo que siempre fue.
Lo que podemos aprender los colombianos
Si algo nos enseña Wade Davis en “Esto es Estados Unidos” es que las sociedades no colapsan de repente. Se van fracturando lentamente, a lo largo de décadas y siglos, mientras acumulan contradicciones que nadie quiere ver. La violencia, la polarización, la desconfianza, el colapso institucional: todo eso estaba ya en los cimientos, esperando el momento de manifestarse.
Para nosotros, que vivimos en un país con nuestras propias fracturas profundas (el desplazamiento forzado, la desigualdad extrema, la presencia del Estado en unos territorios y su ausencia en otros), la lección es doble. Por un lado, cierto alivio de comprobar que ninguna sociedad es inmune a sus propios demonios históricos. Por otro, una llamada de atención: los mitos fundacionales, cuando ocultan más de lo que revelan, acaban siempre por estallar.
Y quizás lo más inquietante de todo: si en Estados Unidos, con todos sus recursos, su riqueza y su poder, las cosas pueden llegar a este punto, ¿qué nos espera a nosotros si no hacemos el mismo ejercicio de mirar bajo nuestra propia superficie?
Davis termina su ensayo no con una condena, sino con una invitación. La esperanza, sugiere, no está en negar las fracturas sino en reconocerlas. No en restaurar un pasado idílico que nunca existió, sino en construir un futuro sobre bases más honestas. “Para entender el mundo”, escribe, “primero hay que atreverse a mirar sin concesiones la superficie de las cosas y preguntarse qué es lo que realmente la sostiene”.
Desde Colombia, con la perspectiva que da estar al mismo tiempo tan lejos y tan cerca del imperio, quizás podamos ayudar a hacer esas preguntas. Porque al final, como Davis bien sabe después de décadas de recorrer el planeta, todas las sociedades, la de ellos y la nuestra, enfrentamos el mismo desafío: construir formas de vida colectiva que no requieran la exclusión permanente de una parte de nosotros mismos para sostenerse.
Y mientras ellos resuelven si quieren ser una nación de migrantes o una fortaleza etnonacionalista definida por el miedo y la exclusión, nosotros seguimos aquí, preguntándonos qué demonios pasará después. Y si el vecino del norte finalmente implosiona, ¿quién recogerá los pedazos?
Para leer más
Bajo la superficie de las cosas, de Wade Davis (Editorial Crítica, 2024). Especialmente recomendado el capítulo “Esto es Estados Unidos”, pero también “La hoja divina de la inmortalidad”, donde el autor desarrolla su visión sobre la coca y su lugar en las culturas andinas, un texto que todo colombiano debería leer antes de repetir los eslóganes de la guerra contra las drogas.



